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La medida de la concentración de CO2 en el ambiente, puede ser utilizada como un indicador de riesgo de contagio de la Covid-19.

Cuando respiramos, cada vez que exhalamos aire, hay dos cosas que siempre vamos a emitir:

  1. Dióxido de carbono (CO2), un gas incoloro e inodoro que, inhalado en en grandes dosis, puede causar -entre otros síntomas- dolor de cabeza, mareos, náuseas o pérdida del conocimiento.
  2. Aerosoles, es decir, microgotas que pueden permanecer suspendidas en el aire por largos periodos de tiempo, incluso horas.

Así, cuando compartimos estancia con otras personas, podemos decir que el aumento de la concentraciòn de CO2 en el ambiente es indicador de una mayor concentración de aire exhalado o, lo que es igual, de una mayor probabilidad de que cada persona inhale aire que ya haya sido previamente respirado por otra persona o por sí mismo.

Además, si hay una concentración creciente de CO2, también habrá una concentración creciente de aerosoles procedentes de los pulmones de las personas presentes en la estancia, con lo que crecerá la probabilidad de que esos aerosoles vuelvan a ser inhalados.

Si, en esa estancia, ninguna persona estuviera contagiada con la Covid-19, no pasaría nada. Pero si una o más personas estuvieran contagiadas, en cada bocanada de aire exhalado, sus aerosoles expulsados al ambiente estarían contaminados con el virus SARS-Cov-2. Es decir, estarían expulsando microgotas portadoras de coronavirus que podrían permanecer suspendidas en el aire durante largos periodos de tiempo y que podrían ser respiradas por las otras personas.

Por tanto, la idea que se intenta transmitir es que las concentraciones altas de CO2 son una medida indirecta de la probabilidad de inhalar aerosoles -contaminados o no- procedentes de los pulmones de otras personas.